El algoritmo como ideología

La ideología más eficaz no es la que se impone, sino la que se confunde con la realidad. No dice “esto es verdad”, sino “esto es lo que hay”. No necesita persuadir porque opera en la forma misma en que vemos el mundo. Como señala Žižek, la ideología no está en lo que creemos, sino en lo que damos por supuesto, en lo que ni siquiera pensamos que puede ser distinto. Es el lente con el que miramos no lo que vemos.

El algoritmo no es una tecnología: es ese lente. Una forma de organizar lo visible, lo importante, lo actual. Una maquinaria de selección que se presenta como neutral, pero que en realidad jerarquiza lo real en función de lo que confirma lo que ya creemos. Lo que aparece ante nuestros ojos no es el mundo: es la versión del mundo que confirma nuestra manera de habitarlo. Y lo hace sin violencia, sin imposición, sin discurso. Se nos presenta como sugerencia, como tendencia, como “recomendado para vos”.

Esto no sería tan efectivo si no fuera por un mecanismo estructural de nuestra cognición: el sesgo de confirmación, esa tendencia inconsciente a aceptar con mayor facilidad la información que refuerza nuestras creencias previas y a descartar todo lo que las pone en cuestión. Kahneman lo explicó con claridad: el pensamiento rápido —el intuitivo, automático— está diseñado para proteger nuestra coherencia interna, no para buscar verdad.

El algoritmo no inventa este sesgo: lo explota. Lo convierte en regla de funcionamiento. Lo convierte en negocio. Y lo convierte, también, en una herramienta ideológica. Porque si la ideología es aquello que impide ver más allá del marco que organiza nuestra experiencia, entonces un sistema que sólo nos muestra lo que refuerza ese marco es, por definición, ideológico. Pero con una diferencia clave: no se sostiene sobre grandes relatos, sino sobre microinteracciones. No necesita un enemigo externo, sino solo nuestra participación pasiva. Basta con que sigamos scrolleando.

Así, el algoritmo no es simplemente una estructura de recomendación: es una fábrica de mundos posibles, diseñada para cerrar el círculo entre lo que somos, lo que creemos y lo que consumimos. Es un espejo deformante que, en lugar de mostrarnos lo que falta, nos devuelve más de lo mismo. Más de lo que nos gusta. Más de lo que ya pensamos. Más de lo que confirma lo que queremos seguir pensando. Y en ese espejo, el otro desaparece. Lo diferente se vuelve ruido. Lo contradictorio se vuelve irrelevante.

Lo más peligroso no es lo que el algoritmo muestra, sino lo que deja de mostrar. Lo que no entra en la lógica de la confirmación no aparece. Lo que incomoda, se diluye. Lo que incomprende, se omite. El pensamiento crítico, la disonancia, la interrupción… no tienen buen rendimiento. No generan clics. No viralizan. Entonces, no existen.

Pero como esta selección se presenta como natural, como “lo que funciona mejor”, como lo que “el usuario prefiere”, nunca se cuestiona. Esa es la perfección ideológica del algoritmo: opera sin declararse ideológico. No pide adhesión. No exige compromiso. Solo alimenta nuestros reflejos. Y mientras creemos estar eligiendo, solo estamos aceptando.

Frente a esto, resistir no significa apagar el dispositivo, sino recuperar la distancia entre el lente y el ojo. Dudar del reflejo. Forzar lo improbable. Buscar aquello que no confirma. Leer lo que no nos gusta. Escuchar lo que desafía. Pensar, incluso cuando no conviene. Porque si la ideología del algoritmo es cerrar el mundo sobre sí mismo, entonces pensar es abrir una fisura. Y esa fisura es lo que no cierra.