El Eternauta que ya no molesta

Del héroe subversivo a la mercancía vacía: una lectura con Foucault, Žižek y Gramsci

Durante la última dictadura militar en Argentina, El Eternauta fue considerado material subversivo. Su autor, Héctor Germán Oesterheld, fue secuestrado, torturado y asesinado junto con sus cuatro hijas. La historieta —publicada en entregas desde 1957— narra la historia de un hombre común que, junto a otros ciudadanos, resiste una invasión alienígena en un Buenos Aires cubierto de nieve mortal. Esa trama de ciencia ficción fue leída, no sin razón, como una alegoría de la organización popular ante el avance de poderes invisibles pero letales.

Décadas más tarde, el kirchnerismo —y particularmente La Cámpora— resignificó El Eternauta como símbolo de militancia, memoria y resistencia. La figura de Juan Salvo comenzó a aparecer en afiches junto al rostro de Néstor Kirchner, como metáfora del “héroe colectivo” encarnado en el proyecto político nacional y popular.

Y entonces ocurrió lo que suele ocurrir con los símbolos cuando logran potencia: la reacción. Los sectores antiperonistas comenzaron a identificar al Eternauta con “los zurdos”, con “el relato”, con “la bajada de línea”. Rechazaban no la obra, sino su apropiación política, su capacidad de representar algo que incomodaba.

Hasta que llegó Netflix.
Y entonces todos fueron fanáticos del Eternauta.
Sin historia.
Sin sangre.
Sin sentido.


I. La visibilidad que no incomoda — Michel Foucault

Foucault nos enseñó que el poder moderno no se define solo por la represión, sino por su capacidad de producir discursos, de organizar visibilidades. Lo que no se prohíbe, se muestra. Pero no de cualquier forma: se muestra neutralizado, desactivado, domesticado.

El proceso por el cual El Eternauta llega a Netflix no es un triunfo cultural, sino una forma de gobierno simbólico.
No se lo censura —eso sería crudo, visible, torpe—; se lo reorganiza discursivamente. Se lo estetiza, se lo aísla de su contexto, se lo convierte en producto global, consumible, serializado.
Lo que era una figura con peso político deviene imagen sin filo, sin historia, sin amenaza.

Foucault advertía que el poder no teme mostrar los cuerpos, sino que teme que esos cuerpos hablen desde el margen.
Netflix muestra a Juan Salvo, pero le quita su lugar de enunciación.
La nieve sigue cayendo, pero ya no duele.


II. El goce de lo vacío — Slavoj Žižek

Žižek sería aún más brutal: el problema no es que El Eternauta se vuelva mainstream. El problema es que, en el momento en que se vuelve digerible, ya no puede operar como crítica.

Lo que antes era símbolo de resistencia ahora es objeto de goce ideológico.
El mismo sector que lo rechazaba como “adoctrinamiento” lo celebra como “orgullo nacional” —una vez que fue vaciado de su potencia conflictiva.
Ya no representa al militante, al desaparecido, al pueblo organizado.
Ahora es simplemente “una gran historia argentina”.
Y eso satisface a todos sin incomodar a nadie.

El proceso es perverso: la mercancía ideológica funciona porque se siente vacía de ideología.
Netflix logra lo que la censura no pudo: que El Eternauta no moleste.

Y sin embargo, el goce persiste. El espectador reacciona, se emociona, se identifica. Pero no con la herida, sino con el simulacro de sentido.
Como Žižek explicaría, el sujeto liberal encuentra placer en consumir lo que antes despreciaba, porque ahora lo puede hacer sin riesgo, sin transformación, sin implicarse.


III. La batalla cultural — Antonio Gramsci

Para Gramsci, la hegemonía no es solo control político: es conducción moral e intelectual, es capacidad de producir sentido común.
El Eternauta, durante años, representó un campo de disputa hegemónica:

  • La dictadura lo silenció.
  • El kirchnerismo lo reapropió.
  • La derecha lo rechazó.
  • La industria cultural lo estetizó.

Cada momento fue una posición en la guerra de sentidos.
Gramsci hablaba de guerra de posiciones, de la necesidad de disputar los espacios de producción simbólica. La resignificación del Eternauta por parte de La Cámpora fue, en ese marco, una jugada contrahegemónica: inscribir un símbolo cultural en una narrativa de resistencia popular.

Pero esa jugada no consolidó hegemonía.
La reacción, organizada y con poder mediático, logró instalar la idea de que todo símbolo popular es “adoctrinamiento”.
Y cuando ese símbolo fue reciclado por el mainstream, ya nadie tuvo que disputar su contenido: el sentido estaba anestesiado.

Gramsci también advertía que la hegemonía funciona cuando logra que lo que es culturalmente producido parezca natural.
Hoy, El Eternauta es “una gran serie de ciencia ficción argentina”.
Y nada más.
Y eso es una victoria del sentido dominante.


IV. Cuando el símbolo ya no duele

No se trata de purismo. No se trata de negar que nuevas generaciones puedan descubrir la obra.
El problema no es Netflix.
El problema es cómo el capitalismo cultural convierte incluso los íconos del duelo en merchandising.
Cómo vacía lo colectivo para que encaje en la parrilla global.
Cómo la resistencia se vuelve souvenir.

Y más grave aún: cómo lo que dolía, hoy entretiene.

Oesterheld fue asesinado por contar esta historia.
Y su muerte no puede convertirse en nota al pie.
Su héroe era colectivo, lento, imperfecto, solidario.
No tenía poderes.
Tenía responsabilidad.
Tenía conciencia.

Hoy, cuando ese héroe aparece sin historia, sin ideología, sin tensión, no sobrevive: se disuelve.


V. El regreso a lo que incomoda

El Eternauta no necesita ser sagrado.
Pero tampoco puede ser indiferente.
Tiene una genealogía. Una herida. Una memoria.
Y si olvidamos eso, no solo perdemos una obra: perdemos la posibilidad de que la cultura popular siga siendo campo de disputa, y no solo mercado de emociones suaves.

No se trata de proteger un ícono.
Se trata de no aceptar que lo transformen en algo que ya no dice nada.

Tal vez el verdadero homenaje a Oesterheld sea recordar que contar es también resistir, y que cada vez que un símbolo incomoda, aún vive.