El fetichismo de la libertad

Se habla de libertad como si fuera un estado natural, como si bastara con invocarla para alcanzarla. Se habla de libertad como si elegir fuera siempre posible, como si toda elección no estuviera ya condicionada por estructuras materiales, afectivas e históricas que preceden y moldean al sujeto.

El fetichismo de la libertad consiste en transformar esa palabra en un objeto de deseo incuestionable. Se agita como bandera, pero no se interroga qué condiciones reales hacen posible —o imposible— ejercerla. Así, la libertad se vacía de contenido: no es un espacio de responsabilidad, sino una mercancía. Se promete libertad para consumir, para competir, para sobrevivir. Pero no se garantiza la libertad para ser.

En este marco, toda dificultad queda reducida a una falla personal. La precariedad se presenta como falta de mérito. La exclusión, como elección equivocada. El discurso de la libertad ilimitada no emancipa: atomiza. Disuelve los vínculos, naturaliza la desigualdad, culpabiliza al vulnerable.

Y, sin embargo, la palabra sigue repitiéndose, como si en su reiteración se encontrara la salida. Pero nombrar libertad no la crea. Lo que no se nombra son las condiciones colectivas que sostienen o destruyen la posibilidad de elegir con dignidad. Y sin esas condiciones, la libertad no libera: domestica.

Pensar la libertad es pensar sus condiciones. Pensarla es resistir su fetichización. Porque si no hay responsabilidad, si no hay conciencia del entramado que sostiene o anula la elección, entonces no estamos eligiendo: apenas estamos repitiendo.