Vivimos atrapados en la inmediatez. No como una opción, sino como la única forma legítima de habitar el tiempo. Se nos exige decidir rápido, adaptarnos rápido, consumir rápido, ser rápido. La espera —esa dilatación silenciosa del devenir— ha sido expulsada del imaginario contemporáneo. No se tolera el proceso: sólo se celebra el resultado inmediato. Y en esa expulsión se juega mucho más que un cambio de ritmo: se juega la posibilidad misma de existir como proyecto.
La aceleración no es solo un fenómeno externo, no es una cuestión de velocidad técnica: es una transformación profunda de la estructura de nuestra experiencia. El presente no se extiende, no se abre: se colapsa sobre sí mismo en una sucesión interminable de estímulos y tareas. Cada instante debe ser rentable. Cada segundo, justificado. No hay demora: hay programación. No hay espera: hay actualización constante. El tiempo deja de ser un espacio donde el ser se despliega para convertirse en una plataforma de rendimiento.
En esta configuración, esperar no es ya un gesto activo de apertura al futuro, sino una falla. El que espera parece detener el flujo, entorpecer la circulación, desafiar la lógica de la eficiencia. La espera no produce, no visibiliza, no acumula. Es resistencia muda, y por eso debe ser eliminada. La cultura de la aceleración —como bien pensó Hartmut Rosa— no es un mero incremento de velocidad, sino un proceso de alienación del mundo: a mayor rapidez, menor resonancia, menor posibilidad de establecer un vínculo profundo con lo que nos rodea.
Pero la eliminación de la espera tiene consecuencias existenciales más graves que la simple ansiedad o el estrés. Sin capacidad de demorar, desaparece también la posibilidad de proyectar. El proyecto implica demora, implica apostar a algo que no está dado, implica sostener un camino que no ofrece garantías. En un mundo donde todo debe ser instantáneo, el proyecto se vuelve insensato. ¿Cómo justificar un esfuerzo que no rinde frutos inmediatos? ¿Cómo sostener una construcción cuyo resultado es incierto?
La espera —esa espera tensa y consciente que caracterizaba al ser-para-la-muerte heideggeriano— es lo que permite que el ser no se disuelva en la rutina inauténtica. Esperar no es suspender la vida: es intensificarla. Es habitar el tiempo no como flujo de eventos, sino como apertura hacia lo posible. Es sostener el vacío sin llenarlo de distracciones. Es resistir la presión de ser ya todo lo que uno debe ser. Sin espera, no hay devenir: sólo hay repetición de lo dado.
La aceleración destruye esa apertura. Convierte el futuro en un dato: un pronóstico, una estadística, un algoritmo de predicción. El futuro ya no es aquello que esperamos construir, sino aquello que simplemente llegará si seguimos ejecutando tareas. La historia, como advirtió Benjamin, se vuelve una continuidad vacía, un tiempo homogéneo que avanza sin interrupciones, sin posibilidad de redención ni ruptura. Donde no hay espera auténtica, no hay historia: sólo cronología.
Recuperar la espera es, hoy, un acto de resistencia. No como nostalgia de la lentitud perdida, sino como apuesta consciente a favor del devenir. Esperar es afirmar que no todo está decidido. Es asumir que hay procesos que no se pueden acelerar sin destruirlos. Es confiar en que el sentido no puede ser fabricado en serie. En un mundo que exige rendimiento inmediato, esperar es abrir un espacio para lo improbable, para lo inapropiable, para lo verdaderamente otro.
La crisis de la espera es, en última instancia, una crisis del sentido. Porque sin espera, no hay deseo que se sostenga, ni proyecto que madure, ni comunidad que se teja. Sólo queda la administración frenética de un presente clausurado. Pensar, entonces, es también reaprender a esperar. No como gesto pasivo, sino como el ejercicio más exigente de nuestra libertad: resistir el imperio del ahora para abrir, en lo que no cierra, la posibilidad de algo diferente.