Hay días en que uno puede pasar horas hablando con decenas de personas, respondiendo mensajes, escuchando audios, compartiendo memes, asistiendo a reuniones, dejando reacciones en historias, y aún así —al final de todo— sentirse radicalmente solo.
No es una soledad escénica. No es estar en silencio ni quedarse sin nadie al lado. Es otra cosa: una soledad infraleve, como diría Duchamp.
Una sensación de no encuentro, incluso en medio del contacto.
Un quedarse afuera, incluso estando dentro.
La hiperconectividad no ha eliminado la soledad: la ha pulido, multiplicado y vuelto tolerable.
Byung-Chul Han la describe como una forma de aislamiento invisible, hecha no de muros, sino de pantallas.
“Estamos saturados de estímulos, pero vacíos de vínculo. Las redes no son redes, son espejos.”
Nos rodeamos de presencias veloces, pero no hay tiempo para el otro. Solo tiempo para reaccionar.
Esa es la primera soledad: la estructural, la que nace de habitar un mundo que premia la apariencia de compañía, pero castiga el espacio que requiere un encuentro real.
Pero hay otra. Una más difícil de soportar.
La soledad que aparece cuando se decide no fingir más.
Cuando uno ya no puede sostener la sonrisa automática, el personaje complaciente, el gesto medido para encajar.
Cuando empieza a hablar en voz propia —con sus pausas, sus dudas, sus intensidades— y descubre que el entorno no acompaña, no entiende, no quiere seguir ese ritmo.
Ahí se abre la segunda soledad: la que se gana por dejar de actuar.
Heidegger llamaría a eso el paso hacia la autenticidad.
El Dasein —ese ser arrojado al mundo— se pasa gran parte del tiempo perdido en el uno: haciendo lo que se espera, repitiendo lo que se dice, siguiendo el flujo.
Pero hay momentos —a veces mínimos, a veces devastadores— donde algo en nosotros se despierta desde el fondo, y ya no podemos volver a dormirnos igual.
Entonces se rompe el lazo con el uno, pero no siempre se crea otro.
No encajar es empezar a ser, pero también es quedarse sin lugar.
Y ahí es donde duele más: porque en el intento de salir del simulacro, no aparece automáticamente el encuentro.
No hay una comunidad lista del otro lado.
Los que no encajan también están solos.
Y rara vez coinciden en tiempo, forma o intensidad.
Walter Benjamin habló de la pérdida del aura: esa experiencia única, irrepetible, del aquí y ahora compartido.
En el mundo contemporáneo, dice, la repetición ha reemplazado a la presencia.
La experiencia se volvió mercancía, y el otro, decorado.
Por eso los que buscan un encuentro real parecen demasiado.
Hablan raro, sienten mucho, no responden en tiempo esperado, no editan sus emociones.
No saben performar lo adecuado.
Entonces se quedan afuera.
Como si por querer estar de verdad, ya no supieran estar como se espera.
Y sin embargo, algo aparece en esa intemperie.
No es consuelo. No es comunidad inmediata.
Pero hay una honestidad salvaje en saberse fuera de lugar y aún así no traicionarse para entrar.
Tal vez la soledad no desaparezca nunca del todo.
Tal vez no se trate de llenarla, sino de hacerle espacio sin volverse piedra.
De seguir hablando con la voz propia, aunque no siempre haya eco.
De reconocer —cuando se cruza a otro que también vibra desde el margen— que ese encuentro vale más que mil interacciones.
En tiempos de algoritmos, la coincidencia auténtica es un acto improbable.
Pero cuando sucede, no cura la soledad: le da sentido.