Hay lenguas que no se hablan, pero se habitan. La infancia es una de ellas. No es una etapa de la vida, sino una gramática existencial: un modo de estar, de jugar, de decir el mundo antes de que el mundo nos dijera cómo debía ser dicho.
Recordamos vagamente esa seriedad inquebrantable con la que jugábamos, como si de ello dependiera el curso secreto de los días. Y acaso dependiera. Porque en ese gesto de ficción se alojaba una verdad anterior a toda verdad: la de un ser que no ha sido domesticado por los nombres, ni por las lógicas del éxito, ni por la utilitaria moral del deber.
Nietzsche, en su Zaratustra, hablaba del niño como el último estadio del espíritu. Tras el camello que carga con todo lo heredado, y el león que ruge contra el mandato, el niño aparece como la posibilidad de crear. No como quien repite, sino como quien inventa. Su juego no es un pasatiempo: es la más alta forma de afirmación. La infancia es potencia porque es olvido. Y en ese olvido se libera el terreno para el acto: para el gesto que no necesita permiso.
Pero crecer es olvidar. No solo lo vivido, sino el modo en que lo vivíamos. El olvido no es un accidente del tiempo, sino su precio. Walter Benjamin lo sabía: la modernidad ha roto el lazo con la experiencia. El niño tenía historias, no datos; tenía tiempos lentos, no tareas. Hoy el crecimiento se mide en funciones, no en preguntas. Se celebra quien produce, no quien contempla. Se empuja al niño a hablar la lengua del adulto sin que el adulto recuerde cómo se habla la lengua del niño.
Y sin embargo, esa lengua permanece. A veces en un sueño, a veces en la forma en que se mira una piedra. Hay quienes logran conservar ese idioma secreto, como un talismán contra el mundo que reduce todo a contenido, a producto, a resumen.
Recuperar la niñez no es romantizarla, ni anhelar una inocencia que nunca fue total. Es, más bien, volver a mirar con esa radicalidad que no distingue entre lo importante y lo trivial. Que no subestima el asombro. Que no teme demorarse.
Quizá vivir sea, en el fondo, recordar cómo se jugaba. Pero no como quien imita un gesto pasado, sino como quien vuelve a hablar una lengua que creía perdida. Porque en esa lengua hay una verdad que el ruido del mundo no logra callar: la que dice que podríamos vivir distinto, que otra forma de habitar el tiempo es posible.
Y tal vez, al final, crecer de verdad no sea alejarse de la infancia, sino aprender a habitarla con conciencia. A jugar con la misma seriedad con la que alguna vez, sin saberlo, nos jugábamos la vida entera.La infancia como idioma perdido