Hay violencias que no gritan. Que no empujan, ni golpean, ni censuran. Hay violencias que se presentan envueltas en la cortesía del equilibrio, en la amabilidad del centro, en el disfraz de la razón universal. No excluyen de frente: excluyen por omisión. No dicen “esto no vale”, sino que simplemente no lo nombran. Y lo que no se nombra, se desactiva. Se vuelve irrelevante. Se borra.
La neutralidad es, quizás, la forma más elegante que adopta la ideología cuando quiere pasar desapercibida. Se ofrece como punto de vista imparcial, como territorio libre de pasiones, como garantía de objetividad. Pero lo que realmente ofrece es otra cosa: una forma de preservar el orden desde el silencio. La neutralidad no es ausencia de posición. Es una posición que se niega como tal. Y en esa negación, opera con una potencia que la hace mucho más eficaz que la afirmación explícita de cualquier dogma.
La ideología no es lo que alguien dice desde una tribuna partidaria o lo que agita una bandera con consignas. La ideología, como supo verlo con precisión Louis Althusser, es aquello que funciona aun cuando nadie lo dice. Es lo que estructura nuestras percepciones, nuestras prácticas, nuestros afectos, sin que lo notemos. Y en su forma más pura, la ideología no se impone: se naturaliza. No dice “esto es así porque yo lo digo”, sino: “esto es así, simplemente”. La neutralidad es la expresión más lograda de esa naturalización.
Quien se proclama neutral no está por fuera de la ideología. Está, de hecho, en el punto más alto de su eficacia: donde la ideología ya no necesita justificarse, porque ha sido incorporada como sentido común. Antonio Gramsci lo expresó con una lucidez que todavía arde: el poder no se sostiene solo con coerción, sino sobre todo con consenso. Y ese consenso se fabrica allí donde las posiciones dominantes se presentan como si fueran las únicas posibles, las únicas razonables, las únicas decentes.
La pedagogía de la neutralidad se aprende desde temprano. Se nos enseña que opinar es peligroso, que tomar partido divide, que posicionarse ensucia. Que el saber debe ser objetivo, la justicia imparcial, la política equilibrada. Pero no se nos dice desde dónde se habla cuando se dice eso. No se nos recuerda que esa “objetividad” es siempre una mirada situada, que esa “imparcialidad” suele coincidir con el orden vigente, y que ese “equilibrio” muchas veces es simplemente miedo a incomodar.
El efecto es devastador: todo lo que no encaja con ese centro autoproclamado racional se vuelve sospechoso. Todo lo que se corre de la neutralidad parece exagerado, ideológico, contaminado por intereses. El discurso neutral se transforma así en una vara moral, una forma de jerarquizar la palabra, de definir quién puede hablar en serio y quién está demasiado afectado para ser escuchado. El afecto se convierte en ruido, la emoción en histeria, la denuncia en desequilibrio.
Pero ese centro no es natural. Es una construcción histórica, política, cargada de sentido. Slavoj Žižek lo ha dicho con brutal honestidad: la ideología más peligrosa no es la que baja línea, sino la que se presenta como neutral, como pragmática, como libre de ideología. Porque en ese gesto, ya no se discute el marco, solo lo que puede o no puede entrar dentro de él. Lo realmente ideológico no es tener una visión del mundo, sino negar que se tiene una.
Detrás del discurso neutral, lo que se protege es el statu quo. No es que se defienda una verdad universal: se blindan intereses, se preservan privilegios, se limita el conflicto. Porque todo conflicto implica un sacudón del orden. Y la neutralidad, en nombre de la paz, prefiere no discutir nada que pueda desestabilizar. Pero no discutir también es decidir. Callar también es actuar. Declararse neutral frente a una injusticia no es mantenerse al margen: es tomar partido por quien la comete.
La ideología que se presenta como neutral no busca confrontar ideas: busca clausurar el espacio donde esas ideas puedan tener lugar. Y esa clausura no se impone con fuerza: se impone con cortesía, con moderación, con protocolo. Pero el efecto es el mismo que el de cualquier exclusión brutal: invisibilizar, deslegitimar, reducir al silencio.
Pensar es, entonces, desmontar esa cortesía. No para instalar gritos, sino para recuperar el conflicto como espacio legítimo del pensamiento. Lo contrario de la violencia no es la neutralidad: es el reconocimiento de la diferencia. Lo contrario de la ideología no es la asepsia: es la conciencia crítica de que toda mirada tiene un lugar, una historia, un cuerpo. Y todo cuerpo, una herida.
Quien se dice neutral pretende no tener heridas. Pero nadie está ileso en este mundo. Nadie habla desde el aire. La única neutralidad verdadera sería el silencio absoluto. Y ese silencio, cuando duele la injusticia, ya no es neutralidad: es complicidad.