La política del consenso: la fagocitación del otro

En las últimas décadas, el consenso se ha convertido en el nuevo fetiche de las democracias contemporáneas. No como herramienta, sino como principio absoluto. No como técnica para resolver conflictos, sino como horizonte moral incuestionable. En nombre del consenso, se acallan tensiones, se desdibujan antagonismos, se suprimen los ruidos constitutivos de lo político. Pero lejos de consolidar una convivencia plural, esta obsesión con la armonía produce algo más inquietante: una forma de enajenación del sujeto político.

El consenso, cuando se eleva a condición de posibilidad única, deja de ser una práctica democrática para convertirse en un dispositivo de control simbólico. Funciona como una maquinaria de integración que no reprime la diferencia, sino que la absorbe, la vuelve inofensiva, la traduce en términos aceptables para el sistema. Así, el sujeto político ya no actúa como portador de una demanda irreductible, sino como engranaje de una coreografía previamente definida. Se lo hace hablar, sí, pero en un idioma que no es propio. Se le permite participar, pero sólo bajo condiciones que aseguran que su diferencia no cuestione el orden establecido.

Este proceso es profundamente enajenante: el sujeto queda separado de su capacidad de producir conflicto, de impugnar, de interrumpir. En lugar de confrontar, gestiona. En lugar de disputar sentido, lo administra. Se vuelve ajeno a sí mismo en tanto sujeto político: deviene técnico, consumidor, opinador, pero ya no agente de lo común. La política, en este marco, es estetizada, convertida en espectáculo de alternativas sin diferencia real. El otro ya no es alguien con quien chocar, sino una variación dentro de los límites del consenso. La alteridad es tolerada solo si no incomoda.

Pero el mecanismo del consenso tiene su punto de falla: cuando no logra absorber al otro, cuando encuentra una diferencia que no puede ser traducida, la reacción no es la apertura, sino la exclusión brutal. El otro que no encaja es convertido en amenaza, y ahí aparece el reverso del consenso: el odio. Lo vemos con crudeza en el presente argentino. “Cucarachas”, “orcos”, “planeros”, “zurdos de mierda”, “fachos”—no son simples insultos. Son dispositivos simbólicos de deshumanización, operaciones lingüísticas que transforman a quien disiente en una figura abyecta, sin valor, sin voz, sin derecho.

Esta deshumanización no es un exceso de lo político, sino su síntoma más revelador: muestra que detrás del discurso de la paz se esconde una violencia estructural que solo tolera lo asimilable. Cuando el otro no puede ser domesticado, se lo degrada. Se lo borra de la escena simbólica, se lo convierte en basura semántica. El odio se vuelve entonces el lenguaje común de quienes ya no pueden disputar políticamente y solo pueden gozar del desprecio. Es el goce de quien, habiendo sido enajenado, sólo puede reafirmar su lugar en el mundo aplastando al diferente.

Frente a esta lógica binaria —inclusión totalizante u odio excluyente— se impone una tarea ética y política urgente: recuperar el disenso como forma de reconocimiento del otro. Esto no significa idealizar el conflicto, sino restituirle su valor fundante. Disentir no es romper, sino habitar una comunidad sin necesidad de simular homogeneidad. Reconocer al otro no implica integrarlo a la fuerza, sino sostener su diferencia como parte legítima de lo común. La política verdadera comienza cuando el otro no puede ser eliminado, y sin embargo, seguimos decidiendo compartir mundo.

Esa es la política que se nos escapa cuando el consenso se convierte en ideología, y la deshumanización en reflejo automático. Una política que no busca el silencio de la diferencia, sino su escucha. Que no tolera la violencia simbólica como normalidad, sino que la denuncia como fracaso. Que no teme la incomodidad del antagonismo, porque entiende que sólo ahí se juega lo humano.

Quizás el mayor gesto democrático hoy sea resistirse a la tentación de eliminar al otro —por absorción o por odio— y volver a abrir el espacio donde lo común no esté dado, sino en disputa. Donde podamos hablar sin que nos traduzcan, disentir sin ser desfigurados, habitar sin ser poseídos. Ese gesto es también un gesto de desalienación: recuperar la palabra propia en medio del ruido de lo consensuado. Y con ella, volver a decir lo político.