En diálogo con Heidegger y James Clear
Hay una condición fundamental que atraviesa toda existencia humana: la posibilidad.
No es un lujo. No es una metáfora. No es una frase hecha de autoayuda. Es una verdad estructural: no estamos definidos de una vez y para siempre.
Ser humano es, ante todo, estar abierto. No ser esto o aquello, sino habitar un espacio donde lo que somos está siempre en relación con lo que aún podemos llegar a ser.
Martin Heidegger lo expresó con una lucidez incómoda: el ser humano no es sustancia, es proyecto. Estamos arrojados al mundo, sí, pero en ese estar arrojados también nos proyectamos. Nos anticipamos. Somos, en todo momento, una pregunta abierta.
Y con esa posibilidad viene algo más: la responsabilidad.
Porque si todo podría haber sido de otro modo, entonces yo soy responsable de lo que fue. No solo de lo que hice, sino también de lo que dejé de hacer. No solo de las decisiones que tomé, sino de aquellas que postergué hasta volverlas imposibles.
Nos cuesta asumirlo. Es más fácil pensar que somos víctimas de lo que nos pasó, de lo que no pudimos, de lo que nos impusieron. Y, sí, hay estructuras, hay límites, hay condiciones que no elegimos. Pero dentro de ese margen, también hay decisión.
Incluso cuando no decidimos. Porque no hacer también es una forma de hacer. Quedarse quieto es también un modo de avanzar… hacia nada.
Heidegger distingue entre una existencia auténtica y otra inauténtica. No como juicio moral, sino como forma de estar. La existencia auténtica es aquella que asume la posibilidad como lo que es: una condición que incomoda, pero que también habilita. La existencia inauténtica, en cambio, se entrega a la repetición, al murmullo, a las expectativas ajenas. Al “uno”, como él lo llama: lo que se hace, lo que se dice, lo que se espera. Lo que no elijo, pero igual repito.
Ahora bien, ¿cómo se encarna esta idea en la vida cotidiana? ¿Cómo se concreta la posibilidad?
Porque podemos entender que somos posibilidad, podemos aceptar la responsabilidad que eso implica, pero si no hay una forma de hacer carne esa comprensión, queda en el plano de lo teórico.
Ahí aparece James Clear. Desde otro lenguaje. Desde otro mundo. Pero con una idea que dialoga directamente con esto.
Clear propone una estrategia sencilla: la mejora marginal.
Un 1% de mejora diaria. No un salto. No una épica. Solo una práctica sostenida.
Los hábitos, dice, no son metas, son sistemas. Y los sistemas son los que hacen que las posibilidades no se queden en el plano de lo imaginado.
Un hábito es una decisión repetida. Una posibilidad que se volvió presente.
No hace falta una gran transformación. Hace falta una pequeña coherencia, todos los días.
Ser posibilidad es entender que lo que somos no está terminado.
Y que lo que podríamos ser no llega solo.
Hay que hacerlo llegar.
Hay que construirlo.
Hay que repetirlo hasta que tenga forma.
Por eso, esta pregunta:
¿Qué estás haciendo hoy con eso que todavía no sos?
Porque lo que no decidas, también será una decisión.
Y lo que no sostengas, no llegará.