O por qué sentir sigue siendo una forma de coraje
Nos enseñaron que sentir demasiado es problema.
Que llorar incomoda. Que hablar de lo que duele es mal timing.
Que mostrarse sensible es arriesgarse a perder autoridad, respeto, poder.
Pero nunca nos dijeron lo más importante:
que no endurecerse también es una decisión.
En un mundo que premia la eficiencia, la velocidad y la lógica del rendimiento, la sensibilidad se volvió sospechosa.
Byung-Chul Han lo expone con claridad: vivimos bajo el régimen de la positividad, donde todo debe ser productivo, rápido, autofestejante.
En ese contexto, la tristeza estorba.
La pausa irrita.
El dolor no tiene lugar.
Y la sensibilidad se vuelve algo a gestionar, a contener, a modular… nunca a habitar.
Pero hay algo profundamente político —y ético— en no anestesiarse.
En seguir sintiendo aun cuando todo empuja al encierro emocional.
En no convertir el dolor en cinismo.
Ni la decepción en coraza.
Ser sensible no es ser débil.
Es no dejar que la violencia simbólica del mundo te vuelva impermeable.
Es seguir dejando entrar al otro.
Aunque cueste. Aunque duela. Aunque no te entiendan.
Brené Brown, desde un lugar muy distinto, también lo dice: la vulnerabilidad no es fragilidad, es la forma más precisa de coraje.
Porque implica exposición sin garantías.
Porque amar, mostrarse, pedir ayuda, decir “no puedo más” —todo eso— es un acto de humanidad radical en tiempos de espectáculo y autocontrol.
Y si vamos más hondo, incluso Heidegger lo sugiere:
el ser humano no está hecho para el encierro, sino para el habitar.
Y habitar no es ocupar un espacio.
Es abrirse.
Es estar con el mundo, no sobre él.
Y no se puede estar con el mundo sin afectarse por él.
En tiempos de cinismo brillante, de ironía permanente, de autoprotección vestida de autosuficiencia, sentir sigue siendo un gesto revolucionario.
No por lo dramático, sino por lo íntimo.
Porque resistirse a endurecerse es una forma de no ceder del todo.
De no desaparecer en la anestesia general.
Lo que todavía duele, todavía importa.
Y lo que todavía nos atraviesa, todavía nos mantiene humanos.