Todo discurso moral que no reconoce el conflicto como su punto de partida es, en el fondo, un dispositivo de control. No hay ética sin incomodidad. No hay sujeto ético sin fisura. Allí donde la moral se presenta como certidumbre, empieza la trampa.
Para Sartre, la condición humana es la de una libertad radical. No estamos determinados por una esencia previa, ni por una ley divina, ni por una naturaleza cerrada. Somos, en cambio, existencia antes que esencia: un proyecto abierto, sin garantías. La libertad no es un privilegio que podemos usar o no: es una condena ineludible. No podemos no elegir. Incluso la pasividad, incluso la obediencia, incluso el dejarse llevar son elecciones que nos comprometen. Y cada elección, para Sartre, es absoluta: al elegir, no sólo nos definimos a nosotros mismos, sino que proyectamos una imagen de humanidad.
La angustia surge de esa responsabilidad desbordante: al no haber valores preexistentes que nos liberen de decidir, cada uno de nuestros actos funda un valor, sin cobertura, sin refugio, sin pretextos. La moral, entonces, no es el cumplimiento de un deber externo, sino el reconocimiento de que en cada gesto nos ponemos a nosotros mismos en juego.
Pero esa libertad radical no ocurre en el vacío. Como advierte Jonathan Haidt, lo que llamamos “decidir” muchas veces no es otra cosa que racionalizar lo que ya hemos sentido. No usamos la razón como juez imparcial, sino como abogado que defiende una emoción ya tomada. Buscamos razones que refuercen nuestras intuiciones, y descartamos o ignoramos aquello que podría cuestionarlas. Así, el sesgo de confirmación no es un accidente del juicio moral: es su motor estructural.
Esta constatación complica la afirmación sartriana de la libertad. Porque si nuestros juicios morales son, en gran medida, racionalizaciones post-hoc de impulsos emocionales, ¿qué significa entonces elegir libremente? ¿Qué queda de la responsabilidad cuando la maquinaria afectiva ha preparado ya el terreno de la elección?
Aquí surge la hipótesis más inquietante: la moral no es simplemente un campo de libertad; es también un dispositivo de control que opera desde adentro. No se impone por la fuerza, sino por el deseo. No nos ordena: nos seduce. Internalizamos normas, valores, ideales que creemos propios, pero que nos son inculcados a través de nuestras emociones, a través del afecto, del rechazo, del orgullo, de la vergüenza.
Y esas normas, esos mandatos, no emergen de una necesidad ontológica, sino de una historia concreta: responden a intereses sociales, económicos y políticos situados. El bien y el mal que nos parecen tan evidentes no son categorías universales, sino productos históricos: construcciones funcionales a determinados órdenes, determinadas relaciones de poder, determinadas lógicas de exclusión e inclusión.
La moral, entonces, no sólo organiza la convivencia: naturaliza lo construido. Presenta como «bueno» lo que en realidad beneficia a un grupo social determinado. Oculta sus intereses bajo el manto de la evidencia emocional. Opera no reprimiendo nuestra libertad, sino moldeando su campo de posibilidades antes de que podamos ejercerla.
Así, el sujeto se cree libre cuando obedece. Se siente virtuoso cuando reproduce. Se experimenta como justo cuando en realidad sostiene estructuras que nunca eligió conscientemente. En lugar de enfrentar la angustia de la libertad —como proponía Sartre—, la moral funcional lo protege de esa angustia mediante certezas prefabricadas, afectivamente validadas.
Por eso, una ética verdadera no puede ser simplemente obediencia a un código, ni adhesión emocional a causas que nos conmueven. Tiene que ser un trabajo de sospecha, de desnaturalización, de reapropiación crítica de nuestras elecciones. Tiene que asumir que la libertad no es elegir lo que sentimos como correcto, sino interrogar de dónde proviene ese sentimiento, quién lo instaló, a qué estructura sirve, y qué posibilidad de transformación deja abierta.
Pensar éticamente es, en última instancia, desactivar el dispositivo moral como tecnología de sometimiento. Es recuperar la conciencia de que toda norma, toda convicción, todo deber, es un hecho situado, contingente, discutible. Y que resistir el automatismo moral no es debilitar la ética: es fundarla.
Habitar esa tensión —entre la libertad condenada de Sartre y la maquinaria afectiva que describe Haidt— es el gesto mínimo de una vida moral en serio. Una vida que no busca la pureza, sino la responsabilidad. Una vida que no clama certezas, sino que se atreve a elegir aún sabiendo que no hay redención garantizada.
Porque el conflicto, lejos de ser un obstáculo, es la condición misma de la existencia ética. Y en esa fisura incómoda, lo que no cierra es, precisamente, lo que nos salva.