The Truman Show: entre la trama y la fisura

Hay mundos donde la vigilancia no se siente como encierro. Donde no hay barrotes, ni gritos, ni prohibiciones explícitas. Solo hay cuidado, familiaridad, repetición. El control ya no necesita imponerse desde la sombra: basta con construir un escenario donde todo deseo parezca coincidir con lo que se espera de uno.

The Truman Show no muestra la brutalidad de la represión: muestra algo más sutil y más eficaz. Una vida entera tejida para convencer, no para prohibir. Un mundo que no castiga la fuga, porque la fuga se vuelve impensable. Truman no es obligado: es acompañado. No es encerrado: es guiado a recorrer su propia celda, creyendo que eligió cada paso.

Así opera el dispositivo: no desde la amenaza, sino desde la afectividad organizada. Se ofrece todo, se permite todo, se muestra todo. Pero todo ha sido previamente calculado. La libertad se convierte en gestión: un simulacro de elección dentro de un perímetro invisible.

Sin embargo, el control siempre falla. Falla no en lo que calcula, sino en lo que no puede calcular. Falla en el temblor, en la mirada desviada, en el amor que no puede ser programado. Truman no sospecha del mundo por argumentos racionales: algo en su afecto resiste la coreografía.

El amor, esa grieta insumisa, marca el límite de todo dispositivo. Porque donde todo parece ofrecido, la verdadera posibilidad es aquello que no puede ser fabricado.

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